Los aterradores incendios de este verano han arrasado más de 400.000 hectáreas, la mayor superficie quemada en lo que llevamos de siglo. Se han perdido bosques milenarios, vidas humanas y animales, casas, pueblos, parajes de altísimo valor patrimonial.
En todas partes se reconoce la responsabilidad humana en ellos, agravada por las altas temperaturas, el cambio climático y el abandono del mundo rural. Los responsables políticos de evitarlo han vuelto a quedar al descubierto por sus irresponsabilidades, pésima gestión, privatización de recursos contra los incendios, precarización de quienes trabajan en la extinción, reducción de medios y respuesta tardía.
Una mano humana ha traído la llama en cada caso, los políticos también la han traído como decimos, pero durante los incendios además han atizado el fuego, partiendo de su boca como si fueran lanzallamas.
Quienes viven en las zonas afectadas, e incluso vivían de ellas, han vivido con dolor y desesperación la tragedia y han hecho cuanto han podido para evitarla, en muchos casos, plantándole cara al fuego con sus propios medios, negándose a los desalojos.
El impacto social del desastre ha recordado el de la DANA en Valencia, por combinarse los mismos factores, destrucción, vecindarios afectados y políticos. Y como entonces ha saltado el debate sobre la prevención, los medios y la falta de acción, cuando no acción imprudente, de los responsables.
En este caso se está hablando mucho de como prevenir los incendios, como conseguir que no haya un riesgo de semejantes proporciones. L@s voluntari@s, sin pretenderlo, han generado tendencia: desbrozar los alrededores de los pueblos, pequeños incendios preventivos a modo de cortafuego, se han generado dichos “prevenir en invierno para no tener que extinguir en verano”… y de ahí se ha creado un acalorado debate, no por el trasfondo incendiario sino por como entendemos la política que consiste básicamente en como derribar a los demás, lo peor que se puede hacer cuando necesitamos actuar en común, por nuestro propio bien y el de la naturaleza que queremos proteger.
El debate ecologista ha sido propio de sordomudos
- Sordos quienes oían desbrozar porque lo hacían como si llevaran anteojera. Un discurso correcto de contenidos, pero ignorando a quién lo dirigen, desde la comodidad urbana y sin fuego cerca. Quien está cercado en esas condiciones es lógico que piense en disminuir el volumen del combustible y no sea el momento de documentarse a fondo sobre la cuestión o reflexionar sobre la vida de los matorrales.
- Mudos quienes no podían aportar su voz a un debate que realmente no se produce donde estás, sobre todo porque las emociones llegan filtradas por los medios y la distancia y nadie ha hecho el menor esfuerzo para cambiar esta desconexión en el momento más oportuno que podamos imaginar.
Ha faltado mucho tacto y se ha desperdiciado conocimiento por no saber entregarlo. Para más inri han facilitado el discurso e insultos de la ultraderecha, de ‘la culpa es de los ecologistas’ y otras lindezas totalmente injustas, por no hablar de los bulos.
El debate, en general, se ha dirigido a las gradas, para obtener el aplauso de quienes se sabe que aplaudirán y obtener el rechazo de quienes se sabe de antemano lo van a rechazar.
El bien común ardía en los montes y en la política, por no sabernos situar en una posición del bien común que abarque a la inmensa mayoría de la sociedad.
Es posible proteger la biodiversidad y cambiar la cultura para evitar los incendios y mejorar nuestra relación con la naturaleza. Cuando dejemos este tipo de política, esta forma destructiva de relacionarnos, quizás recuperemos esa parte de humanidad que nos sale en los desastres (chapapote o el vertido de pellets de plástico p.ej.) y empecemos a actuar con otra política, con l@s vecin@s, como seres humanos, sociales y solidarios que tanto se echa en falta.
Adiós a la política, un tema recurrente con varias imágenes propias que se han reutilizado para mostrar la misma idea en el momento de los macroincendios
