Evolución y cambio social tras covid19

Un triunfo amargo

Hace muchos siglos dejamos de estar en medio de la cadena trófica para ocupar la cúspide, dominando el resto de la naturaleza. Alcanzamos una posición que nos ha permito dejar la caza y recolección para producir los alimentos, y con el paso del tiempo, desequilibrar por completo la vida en el planeta. Ahora sus dueños nos hemos puesto en grave riesgo, la pandemia es solo un emisario de lo que está por venir. El cambio climático, el empobrecimiento de ecosistemas, la contaminación del aire y envenenamiento de los suelos, son muchos de los problemas que hemos creado por nuestra irresponsabilidad con la vida en el planeta, incluyendo la nuestra propia.

Ganamos en la competencia entre especies, propia de la supervivencia en la naturaleza, por nuestra mayor eficiencia. Actuamos socialmente, no de forma individual o gregaria. Por ser capaces de unir grandes grupos humanos como por ejemplo unir varias tribus para cazar mamuts, de cuidar a los enfermos, de educar a los niños, de proteger a las mujeres gestantes, de cuidar a los ancianos y su sabiduría. Teníamos una organización social adecuada al conocimiento y herramientas que manejábamos. Podíamos mantener al brujo o al artista rupestre que pintaba los símbolos de identidad de la tribu, del imaginario colectivo que nos unía.
La revolución neolítica introdujo la producción agrícola y ganadera que nos permitía reducir los desplazamientos, acumular reservas, y sobrevivir a los desequilibrios que nosotros mismos provocábamos por sobre explotación del ecosistema: caza de adultos y crías, plagas, bajos rendimientos de la tierra por sobreutilización. Las enfermedad y la muerte, al no encontrar en la naturaleza lo que esta solía dar, no fue sin embargo lo que nos llevó a crear asentamientos estables sino la combinación de estas desgracias con el saqueo de otras tribus y la consiguiente pérdida de reservas, cosechas e integrantes de la tribu.
La respuesta en aquellos momentos se repitió de forma parecida en todo el mundo, con las diferencias temporales de esperar en un mundo tan mal comunicado.

Creamos asentamientos estables, las primeras ciudades estado, que unían diferentes tribus y clanes en un mismo recinto, para proteger el culto y protegernos del saqueo. Las reservas coaligadas permitían mantener el culto y el templo en mejores condiciones y pagar una fuerza regular para la defensa de la que se encargaba primero los mismos cazadores y el jefe de la tribu, el mejor cazador. Las inscripciones religiosas y después la contabilidad administrativa dieron lugar a la escritura, un ritual sagrado protegido por el templo, e inaccesible a la sociedad que nos trajo después a la creación literaria.

El estado nació, con una sociedad más compleja para el bien común. Una sociedad en la que crecieron los oficios y la especialización: alfareros, constructores, tejedores, orfebres, escultores, carpinteros, pintores, escribanos, soldados, agricultores, ganaderos… Sin duda conseguimos un mayor desarrollo humano, el crecimiento de nuestras capacidades y ascendimos en la Pirámide de Maslow((Maslow formula en su teoría una jerarquía de necesidades humanas y defiende que conforme se satisfacen las necesidades más básicas (parte inferior de la pirámide), los seres humanos desarrollan necesidades y deseos más elevados (parte superior de la pirámide). – Wikipedia)) en la que la satisfacción de las necesidades básicas abre la mente a intereses mas sofisticados como la filosofía, la literatura, el arte, la política…

Con el estado llegó también la violencia organizada hacia el interior del grupo social al que protegía, la burocracia, y la protección del bien privado de minorías poderosas, la explotación y la esclavitud, las pequeñas y grandes agresiones a la naturaleza, los ejércitos, la conquista, las guerras mundiales, el totalitarismo, los genocidios. Durante 6 milenios hemos vivido en una lucha constante cuyas secuelas, memoria y afrentas, hoy dolorosamente vivas, se combinan con el coronavirus y los problemas político-sociales de la sociedad contemporánea: en DD.HH/emigración, en la opresión de la mujer, en derechos vitales como el ingreso mínimo o la salud, en represión política y social, en la tensión hacia el totalitarismo, en la pérdida de democracia.
Hoy constatamos amargamente los alcances de aquella victoria, tan remota que la hemos olvidado, que nos llevó a tomar un camino inconsciente, plagado de irresponsabilidades,  que nos ha traído a esta nueva gran amenaza.

El beneficio privado es el responsable de la degradación del sistema sanitario, pero también de la destrucción productiva: de la selva amazónica, de la pérdida de biodiversidad, del cambio climático… La destrucción de la biodiversidad ha traído la pandemia que nos ha abierto los ojos.

Cuando vencimos al esto de especies, teníamos una sociedad muy simple, un conocimiento muy escaso, mínimos comparados con la situación actual en la que todo está entrecruzado. La búsqueda de una salida del decrépito capitalismo contemporáneo puede ser conceptualmente sencilla, pero tendrá una realización muy compleja en la que estarán inevitablemente interconectadas todas las problemáticas y seres humanos.

La senda de la evolución y el conocimiento.

La prehistoria es muy larga en el tiempo por lo extremadamente difícil que era conocer cualquier pequeña mejora. Un pequeño avance, en el tratamiento de las piedras de las puntas de lanza, se producía en un pequeño grupo humano que se movía buscando nuevos territorios de caza y/o recolección. Ese pequeño avance tenía un arduo y largo camino para terminar siendo adoptado por todos los seres humanos del planeta. Los grupos que encontraban eran en primer lugar competidores en el territorio por lo que rara vez se contaban los secretos, e incluso contarlos era un suplicio que requería mucho tiempo porque ni siquiera se entendían. La comprensión llegaba, rara vez, cuando un individuo aislado de su grupo originario era acogido por otros y aprendía su lengua.

Los desplazamientos de grupos nunca superaban las regiones conocidas en las que se producía una trashumancia cíclica. Se desplazaban para recolectar frutos o cazar. Un cambio de la flora o la fauna era suficiente para que un grupo decidiera no adentrarse en regiones nuevas para las que no estaba preparado: no sabían qué vegetales eran comestibles, cuales los podían matar, o como cazar nuevos mamíferos, con hábitos distintos o defensas que podían causarles la muerte. El cambio comportaba riesgos y mantener las tradiciones era una forma muy aceptada de preservar la vida.

La innovación chocaba entonces, igual que hoy, con el conservadurismo natural a nuestra especie. Solo adoptábamos nuevos conocimientos si se comprobaba antes sus ventajas y eficacia y no comportaba nuevos riesgos. Así creamos a lo largo de milenios el método científico que aporta garantías por si mismo.

La revolución neolítica trajo la ganadería los metales, la cría de caballos,  La formación de ramas lingüísticas nos llevó mucho tiempo, entre la aparición del homo sapiens y la formación del indoeuropeo transcurrieron 344.000 años. El surgimiento de las grandes ramas lingüísticas no habría sucedido sin la rueda ((3500/2000 a.c.)) y el caballo.

Yendo más atrás, hacia el origen de las lenguas, encontramos los cambios en nuestra capacidad mental que nos permiten manejar conceptos abstractos, los elementos simbólicos de las pinturas rupestres, los grafos previos al jeroglífico y los relatos épicos de caza, victorias ante tribus agresoras, narraciones mágicas de los brujos y las primeras creencias. Nuestro cerebro evolucionó para conseguir aunar grupos humanos mayores que los que podíamos formar por la solidaridad y cariño de los pequeños grupos de cazadores y recolectores. El cerebro evolucionó dando origen al homo sapiens por la ingesta de un mayor volumen de proteínas gracias a la cocción con fuego, de forma que podíamos asimilar más que en estado crudo. De ahí viene el cortex pre-frontal en el que se alojan las neuronas espejo. Tras la atracción por el fuego está nuestra propia evolución. La tecnología, el manejo de herramientas, nos ha formado como humanos y está unida a nosotros desde el origen de los tiempos.

Nuestras etapas históricas, desde que existimos como homo sapiens, son sociedades, más o menos complejas, vinculadas a los cambios técnicos y del conocimiento, que nos permiten abordar de forma social, los retos que, de no resolverse, nos llevarán a una gran catástrofe. Los cambios suponen transformaciones sociales y del propio ser humano, el único ser en la naturaleza que precisa de una etapa de aprendizaje para saber vivir en sociedad, ya que los otros seres sociales no necesitan hacerlo por llevarlo impreso en el código genético.

Lastres y bagajes para la travesía al bien común

Tenemos una guía básica cuyo objetivo es la vida: los llamados servicios esenciales, con sus vínculos, durante Covid19, filtrados por la sostenibilidad en el planeta. Ellos nos darán unos mínimos, internamente transformados, para conseguir equilibrio vital en el planeta

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